Había una vez una partitura muy cercana en la que las notas siempre iban en acordes, eran muy redondas, y siempre que se juntaban acababan en mayor. Y delante de todas ellas, siempre estaba la Clave, muy elegante con sus dos pecas.

Un día, la Clave estaba en sus cosas, y cuando llegó la coda se perdió. Para cuando se dio cuenta, se había chocado con las dos barras del final y ya no había ninguna nota a su alrededor. Se quedó un poco confundida, esperando a que alguien apareciese.

El metrónomo seguía sonando, pero el compás siguiente no acababa de llegar.

“Vaya, estoy indefensa sin armadura y sin saber si bailar un vals o un mambo”.

Así que al cabo de un rato intentó salir del papel. Lo consiguió, pero se cayó al suelo, con tal trompazo que casi se pasa a Do en tercera. “No sé para qué habré salido”, dijo mientras se daba cuenta de que no sabía hacia dónde ir.

Nada más empezar a andar se encontró con un piano, que al verla le ofreció una Margarita:

“Tiene doce pétalos, y sólo uno de ellos tiene un sí.”

La Clave sonrió y le dio las gracias al piano, que se despedía con un vals en si menor y moviendo el pedal derecho.

Siguió andando hasta que apareció en un salón. Allí se encontró con un clarinete, que se reía tanto que se le veía toda la lengüeta. Al notar su presencia, el clarinete se quedó en calderón, hasta que la Clave le saludó: “Hola Lerete”.

“Hola Cordia, ¿Qué llevas ahí?”, preguntó el clarinete.

“Una flor de doce pétalos, pero no sé para qué sirve.” respondió la Clave.

El clarinete se puso amoroso y dijo: “Sí, do, sí, do, Es una herramienta para cuando tengas que tomar una decisión.” La Clave se quedó pianísima. “Doce pétalos son demasiados como para escoger el sí a la primera.” El clarinete buscó en sus bolsillos y sacó un dado. “Yo tengo una cosa mejor. Este dado tiene siete lados, y uno de los lados es un sí. Quédatelo.” La Clave dio las gracias, y se despidió del clarinete, que movía sus llaves para aplaudir.

La Clave siguió andante, pensando que ese dado de lados blancos y puntos azules quizá fuese más útil, pero seguía sin saber a dónde ir.

Llegó a una puerta que daba a la calle, y cuando dudaba acerca de qué camino tomar, se le ocurrió sacar el dado y que él decidiera.

De pronto, escuchó un sonido vibrante. Era un Xilófono metálico y de colores, que le dijo: “Se me ha caído la maza y no me gusta estar en silencio. ¿Me la acercas?”. La Clave se agachó tres líneas y cogió la maza del suelo.

El Xilófono se puso tan contento que tintineaba como los colgantes de las puertas de las tiendas. La Clave se contagió de la risa, y cuando se disponía a seguir su camino, el Xilófono le dio una moneda diciendo: “Seguro que te será de ayuda”. La Clave sonreía y siguió su camino andando alegreta, mientras iba lanzando la moneda al aire y cantando: “Cara, cruz, cara, cruz”.

Hasta que resbaló en un charco, y la moneda se le cayó al fondo. Se quedó paralizada. La moneda no era perfecta, pero al menos tenía sólo dos opciones y era lo mejor que tenía. Súbito, alguien le tocó la espalda, y le dijo con voz muy grave: “¿Qué haces?”. Era un violoncello muy muy muy grande.

“Estoy perdida y acabo de perder mi moneda en este charco”, dijo la Clave.

“¿Y porqué no la coges?”, retumbó el violoncello. La clave se agachó para cogerla, y de repente vio algo reflejado en el agua.

“¡¡Soy una clave de FA!! ¡Yo Pensaba que era una clave de Sol!”

“Claro. Si quieres te acompaño a donde vayas”, dijo el Violoncello.

“Pero,… no sé si nos vamos a llevar bien. Yo soy clave de Fa y tú un violoncello”.

El violoncello cogió de la mano a la Clave y le dijo: “No te preocupes, tengo una tesitura muy amplia.”

Y mientras los dos paseaban de la mano, el violoncello se miraba en los reflejos de los charcos y se decía:

“Soy el Contrabajo más guapo de la orquesta”.

 

Rogelio Mash.